Comunidad Cahuala (Diario La Nación.cl)/otros
     
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Comunidad Cahuala (Diario La Nación.cl)/otros

   
 
Contenido:
*Artículo diario La Nación, Chile
(16.07.06)Primera Parte
*Artículo diario La Nación, Chile
(24.09.06)Segunda Parte
*Comentario anónimo sobre el texto anterior
(14.08.06)
imagen
Foto, La Nación.cl
La Comunidad Cahuala
La Nación.cl
(16.07.06)

A la sombra de un castaño que había en el Santiago College de
los '80, un grupo scout librepensante, de izquierda, vio en su líder
un aura especial. Lo siguieron. Otros más se unieron. Partieron a
Chiloé a vivir en campamento permanente. Hasta hoy. Dejaron todo,
amigos, pololas, trabajos. Sus hermanos, parientes y conocidos, hoy
influyentes en casi todo el espectro político, relatan la parte
traumática de la historia.

La Nación
Roberto Farías

En cierta órbita de miembros del "red set" criollo, que hoy bordean
los 40 años y han ocupado cargos importantes en los gobiernos de la
Concertación, directivos de medios y empresas, todavía les cae un
yunque sobre la mesa cuando se les menciona el tema de "La
Comunidad" de Chiloé. Entienden de inmediato que no se trata del
sinónimo de pueblo y habitantes de la X Región, sino de la Comunidad
Cahuala, un hermético grupo que hoy lo componen 38 personas y que en
1987, cuando eran aún más, se fueron a vivir a un predio en la
ribera del lago Huillinco, al suroeste de Castro, lejos de todo y de
todos, en una comunidad cerrada, en torno a un líder carismático:
Enrique Urrutia Aburto, "El Jefe".

Casi nadie quiere hablar en on. Una ex subsecretaria tiene ahí
todavía una hermana a la que ve de tarde en tarde, pero con la que
no logra comunicarse plenamente. Un ex superintendente dejó ahí una
ex pareja. Un consultor de Gobierno, a dos hijos que sólo puede
visitar en una casa de huéspedes, unas cuantas veces al año. Los
ancianos padres todavía no entienden el profundo cambio de sus hijos
hoy cuarentones. Han aprendido a soportarlo para no perderlos
totalmente. Un ex ministro concertacionista sabe, por los seis años
de terapia de su pareja, lo difícil que fue alejar el tema de su
mente.

Si algo se conoce de lo que hoy en día ocurre ahí es sólo de oídas.
La Comunidad Cahuala no ha crecido en número. Al menos, una docena
de miembros la ha abandonado y la mayoría de las parejas
fundacionales se ha separado. Aunque son muy pocos los que han
podido acceder a los terrenos de Cahuala, salvo a una casa de
visitas, ellos paulatinamente se han abierto al mundo a través de
los negocios: un quiosco en Castro, y sobre todo el primer colegio
particular de Chiloé, el Cahuala, destinado casi exclusivamente a
los hijos de profesionales de clase alta de la isla; y ahora último,
la consultora Cahuala, ubicada en la capital en pleno Apoquindo.
Ambas entidades con gran éxito.

Pero por muy bueno que todo esto parezca, los testigos, los que ven
a sus familiares en la otra orilla del lago sicológico, no dejan de
esbozar un rictus incómodo cuando alguien les revive la historia,
como si abrieran un viejo trauma.

¿Treinta jóvenes parten a vivir a Chiloé con su profesor de
filosofía? ¿Una secta? ¿Una versión new age de Colonia Dignidad?
Nadie entendía. Con neumáticos ardiendo en las noches de apagón del
año 87, fue un tema que obviamente pasó desapercibido, especialmente
en la clase alta, acostumbrada a guardar con celo bajo la alfombra
sus problemas familiares. También era peligroso hacer alarma pública
y echarles la seguridad del Gobierno militar encima. Aunque al menos
los padres de una pareja lo intentaron.

ROSAS Y ESPINAS

Los viajeros eran una camada de los mejores. Dirigentes
estudiantiles, líderes scouts la mayoría, voluntarios sociales.
Todos en sus respectivos ámbitos eran promesas, librepensantes,
algunos de izquierda declarados; alumnos top de los mejores liceos
de Santiago. El San Gabriel, Lincoln, San Juan, Manquehue, y
principalmente del Santiago College. Aún hoy mencionar el tema en
ese colegio saca ronchas de la dirección.

Eran incluso los "final humans", un reconocimiento que entregaban
los colegios a sus mejores egresados. En el College, que soñaba con
que sus alumnos influyeran en la sociedad, sienten que les robaron
una generación completa: Rafael Molina, Carlos Manríquez, Margarita
Serrano, Krugger, Pinto, entre los nombrables.

De 40 años, separado y vuelto a casar, por entonces con dos hijos,
Enrique Urrutia, "El Jefe", en los años 70 era un conocido profesor
de filosofía en los colegios católicos de Santiago Oriente. También
un fanático del scoutismo, en el que había logrado puestos
directivos en las agrupaciones de Providencia.

Urrutia venía de San Bernardo, de una familia de clase media y muy
al amparo de los grupos católicos. Y luego de estudiar filosofía
había logrado ingresar al Colegio San José y al Manquehue, donde, en
sus horas libres, formó dos movimientos scouts de orientación
católica.

En el grupo de ex profesores del Manquehue, incluso recuerdan que en
esos años, mientras las parejas salían de vacaciones, Urrutia era el
encargado de quedarse con los niños en una especie de campamento
permanente de verano.

Sin embargo, se alejó de ambos lugares, al parecer, por problemas
con apoderados por la peculiar forma que tenía de organizar a los
grupos juveniles. Eran los años de Silo. Y en ese fervor, Urrutia
estuvo cerca del grupo Arica de Óscar Ichazo, otro peculiar líder
filosófico. Luego, vino el golpe militar.

En 1977, el Santiago College, uno de los tradicionales liceos para
señoritas de Santiago, admitió por primeras vez hombres en sus
aulas. La experiencia mixta planteaba dificultades de integración, y
para mejorar el ambiente, Antonio Quinteros, el principal de aquella
época, llamó al profesor Urrutia para que creara un grupo de boy
socuts.

EL CARISMÁTICO

Gerardo González, ahora director panamericano del Movimiento Scout y
amigo de Urrutia, dice que éste tenía pasta de genio: "Creía que el
scoutismo podía ser una forma de vida y de educación. Y en parte
tenía razón. Sólo que cada vez más empezó a imprimir su propio sello
dentro del grupo".

"Era carismático, convincente, atractivo. De un gran humanismo y un
profundo catolicismo –pero desapegado del dogma–, pero yo veía como
poco a poco los cabros cercanos a él iban copiando su estilo, hasta
sus palabras... y le obedecían ciegamente".

Durante siete años, Urrutia formó con los jóvenes un grupo de amigos
muy estrecho. Captó sólo los líderes. Del San Gabriel, del
Manquehue, y obviamente del Santiago College, donde trabajaba.

"Los cabros iban a su casa cuando querían, era en parte asesor,
consejero espiritual y un paraguas de lo que pasaba en el país
entonces", dice la madre de una participante. "Habían ingresado a
los inocentes boy scouts, pero de la mano de Urrutia abrían su
mente: discutían la sociedad, pensaban, debatían. Era bueno. Pero de
pronto ver a tu hija tomada de las manos en torno a un cirio en el
living de la casa era escalofriante".

La mujer de entonces de Urrutia, Margarita O., su hijo de una pareja
anterior y su pequeña hija, tenían una excelente disposición. Para
todos ella era la jefa, una rubia platinada, y él, "El jefe".

"Los campamentos que organizaba Enrique con su grupo más cercano
fueron pasando del totemismo (aquellos ritos del tótem de los
scouts) derechamente a los ritos de iniciación que él tomaba de
todas las doctrinas filosóficas: bahai, budismo, misticismo. Todo
mezclado y aplicado al autoconocimiento" recuerda Ricardo Melo, un
scout dedicado hoy al ecoturismo. En largas charlas en torno a
velas, con pétalos de rosas, se quebraban, lloraban, exponían sus
más íntimos dolores y volvían como purificados. Superiores.

Los mayores del grupo, que habían empezado la universidad, Julio
Santa María, Rafael Molina, Carlos Manríquez, entre ellos, se fueron
a vivir solos a una casa de Ernesto Pinto Lagarrigue llamada Las
Rosas.

El 1 de enero de 1984, la hija de Urrutia murió de leucemia y todos
los que vieron su proceso en ese tiempo coinciden en que ahí se
terminó de convencer de que era un apóstol. Cinco días después
partieron de campamento. Urrutia estuvo una semana encerrado en su
carpa. En silencio. Y cuando salió estaba iluminado.

"Se separó de su mujer y se fue a vivir a Las Rosas con los cabros
en un colchón. Y el grupo se cerró. Cualquier intento de fuga mental
de los suyos, de duda, lo sancionaba con la indiferencia o la
expulsión".

¡TÚ ERES TU PIEDRA!

Cuando en la Asociación de Scouts supieron de la peculiar forma que
tenía de profesar la actividad lo pusieron en la mira. El propio
Gerardo González tuvo que pedirle a su amigo que se separara de la
agrupación oficial. Desde entonces apenas se han hablado.

"Los cabros de Las Rosas no obedecían a la estructura nacional
scout, sino a su líder espiritual. Tuvimos que sacarlos".

Habían tomado cada uno distintos roles y funciones por misión de
Enrique. Ocupaban cargos directivos, por ejemplo, pero obedecían a
Urrutia. Él quizás usó el scoutismo como un paraguas, como mucha
gente.

Hacían peculiaridades. Una hija dejó de trabajar después de un
campamento, "porque había descubierto en su profundo yo que debía
encontrar su propio camino hacia el arte". Su padre quería que
estudiara medicina. Otro iba a dar su examen de grado y el día antes
recibió la orden de no hacerlo. ¡Y no lo dio!

Pero, curiosamente, cuando la mayoría eran profesionales recién
egresados y se proyectaban a la vida adulta, paulatinamente dejaron
todo: trabajos, organizaciones, familias, amigos, parejas, y
partieron a Chiloé. Uno de los miembros con más dinero había logrado
conseguir un terreno en torno al virgen lago Huillinco, al suroeste
de Castro, donde construirían una comunidad para vivir lejos de la
sociedad pero en torno a Enrique Urrutia Aburto, "El Jefe".

LOS APÓSTOLES

Una ex subsecretaria, un ex superintendente del ámbito financiero,
periodistas directivos de medios, médicos, educadores, dirigentes de
organizaciones sociales vieron como en los '80 sus hermanos, pololas
o amigos fueron cautivados por el grupo y se marcharon.

"Paulatinamente iban perdiendo su propia voluntad", dice una
madre. "No es que actuaran como robots, pero detrás de esa dulzura
que mostraban, tú sabías que estaban en crisis".

M., una ahora influyente periodista que logró resistir a tiempo la
tentación del grupo –en parte, gracias a sus padres y amigos–, fue
al campamento en Chillán previo a la partida a Chiloé: "Cada uno
debía encontrar una piedra que reflejara su yo. Algunos, una piedra
bella. Otros, un peñasco. Semanas identificándose profundamente con
ella. Hasta que llegó el momento sublime, al final del campamento,
de designar un depositario: el guardián. ¡Obviamente, todos
eligieron a Enrique!".

Todos lo que entregaron su piedra, veinteañeros, barbones, chasconas
lilas, inteligentes, mientras Chile caminaba al filo de la
violencia, minutos después emprendieron una caminata hacia una
colina retirada tras Urrutia. Los otros se quedaron abajo.

"Eran como apóstoles siguiendo a Jesús. ¿Qué se dijo ahí? No sé.
Pero un mes después partieron a Chiloé a fundar Cahuala, donde viven
hasta ahora".

Veinte años después, hace poco, M. se topó a boca de jarro en
Providencia con Margarita, la segunda mujer de Enrique Urrutia. Un
estremecimiento recorrió a ambas.

–¿Los dejaste?

–Sí, sí; me costó seis años de terapia.

–A mí diez.

Esta historia continuará...
imagen
Enrique Urrutia, líder de Cahuala.

CAHUALA (segunda parte)

EL JEFE

En julio publicamos un reportaje sobre la Comunidad Cahuala, un hermético grupo de ex alumnos del Santiago College que en 1987 se fugó a Chiloé tras un líder carismático, Enrique Urrutia. Dejaron sus familias, algunos sus estudios y se instalaron al sur de Castro. Hoy tienen hijos, un colegio y excelentes negocios

Nación Domingo
Domingo, 24 septiembre 2006

Por Roberto Farías

“Desde que llegaron a Castro se tejieron todo tipo de rumores y desconfianza”, dice el escritor chilote Eugenio Mimica. “Algunos los toleran por su amor a la naturaleza, pero los más escépticos los ven como una secta de elitistas tipo Colonia Dignidad”. Los rumores sobre Cahuala abundan. Que un joven se habría suicidado –en rigor, el hijo de René Guiller murió ahogado–. Que otro escapó pero fue recapturado por los comuneros. Un conductor dice haber visto una de las mujeres de Cahuala –con sus característicos vestidos floreados hasta el suelo– caminando en la carretera bajo la lluvia. Se acercó a ayudarla, pero ella rehusó.

“Estoy cumpliendo una misión”, le dijo.

“Han tenido hijos en Chiloé”, dice Mimica, “pero no se mezclan con la gente. En la ciudad los ven como bichos raros. Y algunas prácticas suyas, como no admitir visitas, criar los hijos en común, provocan más y más comentarios”.

Han vivido en el hermetismo total hasta hace poco. Algunos no salieron por más de cinco años del predio. Y muy pocos familiares han entrado. Varios miembros se han ido y retomaron sus vidas congeladas por más de 20 años sin saber manejar dinero. Otros dejaron ahí sus parejas e hijos, a quienes visitan bajo un especial sistema de custodia.

Pero Cahuala hoy goza de éxito y prestigio. Son dueños del mejor colegio privado de Chiloé –el Colegio Cahuala, campeón del Simce en la isla, donde van los hijos de profesionales y autoridades– y de una consultora de recursos humanos en Apoquindo, Las Condes. Pero pocos saben que quien está detrás de todo es Enrique Urrutia, “El Jefe”, y su extraño liderazgo.


LA LUZ EN EL TÚNEL

Sus familiares revelan que Urrutia se iluminó tras una existencia rodeada de fracasos que nunca pudo superar. Quiso hacerse cura y no lo logró. Trabajó de taxista y empleado hasta terminar pedagogía en filosofía. Pero nunca logró un buen trabajo. Se casó dos veces y en ambos matrimonios fracasó. Lo remató la muerte de su hija en 1984, de leucemia. Poco tiempo antes se había hecho cargo del grupo scout del Santiago College; sin embargo, fue expulsado del movimiento scout nacional por llevar adelante prácticas de totemismo más o menos esotéricas y no obedecer las directrices oficiales (ver Cahuala, primera parte, LND del 16 de julio).

Intentando no mostrarse vulnerable por la muerte de su hija, se encerró con los únicos que no le mostraron rechazo: su grupo scout. Unos 40 jóvenes de entre 14 y 20 años, alumnos del Santiago College, el Lincoln y el Insituto Nacional. Se las dio de gurú con una mezcolanza de ideas del grupo Arica de Óscar Ichazo, de los Rajneesh y lecturas de Gurdjieff. Se dejó la barba y el pelo largo. Y aunque algunos se retiraron a tiempo, sus más cercanos –“mis niños”, como los llama hasta ahora– se fueron a formar una comunidad en Chiloé junto a él.

Recurrió a peculiaridades para retener a sus seguidores.

“El Jefe”, dice un ex miembro de Cahuala que pide reserva de su identidad porque tiene un hijo que aún vive en la comunidad, “siempre hablaba pestes de los padres, los hermanos. Todos eran arribistas, consumistas, materialistas. Sólo él era la luz. Y éramos súper chicos. Así fue como nos convenció de dejar todo y seguirlo a él, quebrando las redes de apoyo familiar y social”.

Urrutia, según sus ex seguidores, ha ido instaurando en Cahuala una serie de normas que se cumplen a pie juntillas para vivir en el grupo. Deben despojarse de toda pertenencia propia (ni siquiera tienen ropa interior propia. Todo es común, desde los platos hasta los calzoncillos); se pueden formar parejas pero vivir separados (tienen habitaciones separadas para hombres y mujeres y los encuentros amorosos son regulados y vigilados por el Jefe); los hijos son separados de sus madres a los dos años y criados en común; se alimentan y viven de acuerdo a lo que el Jefe va dictando hasta en los mínimos detalles.

“Y hay que estar felices y dar gracias permanentemente a Cahuala y al Jefe”, dice el mismo ex integrante de la comunidad. “Todos irradian felicidad. Al principio eso es bueno. Pero si algo anda mal en uno, ¡entonces te dan duro! Hasta quebrarte y dejarte la siquis como un estropajo”.

El Jefe no permitiría intimidad ni amistad entre los miembros, sólo con él. Todo sería visto como complicidad. Sólo hacia él iría la confianza, los diálogos importantes; los miembros competirían por captar su atención.

“Son capaces de pasar hambre, sufrir largas temporadas de aislamiento, despojarse de sus cosas y sus bienes y hasta –agrega este ex integrante de Cahuala– no me extrañaría que si él lo pidiera podrían dejarse morir, porque él se ha iluminado y dice que es lo mejor, como en Waco, Texas”.

DEL FURGÓN AL 4x4

En 10 años la comunidad autosustentable pasó por paupérrimas condiciones hasta que un día Urrutia se iluminó y decidió que para salir de la pobreza los profesionales del grupo debían salir a ganar dinero a la ciudad. Hicieron una inmobiliaria, una consultora y un colegio privado.

“Es paradójico”, cuenta un profesor de Castro. “Antes tenían un viejo furgón Volkswagen y Enrique Urrutia decía que era el símbolo de la vida comunitaria. Iban todos cantando en el cacharro y criticaba con asco a la gente que pasaba en autos cómodos”. Pero –según el profesor– cuando empezaron a ganar dinero, los convenció para comprar una moderna camioneta 4x4 con aire acondicionado, que es la que ahora usa él.

Lo mismo ocurriría con el trabajo y “las misiones”. Urrutia les asignaría misiones como irse a vivir a Santiago y enviar todo o buena parte de su sueldo a Cahuala, viviendo el comunero en condiciones espartanas. La Jefa, Alejandra Pinto, la actual pareja de Urrutia que lo conoció a los 12 años, sería la encargada de comprar hasta la ropa que usan y asignar el dinero hasta para tomarse un café. Todo el resto sería para Cahuala, donde está Urrutia.

“El Jefe”, dice otro ex integrante de la comunidad, “jamás ha trabajado. Se reserva el papel superior. Todos cumplíamos largas y extenuantes jornadas salvo él. En los peores tiempos económicos del grupo, nos levantábamos a las seis de la mañana y nos acostábamos a las once de la noche. Criábamos faisanes, cultivábamos, teníamos la inmobiliaria en Castro. Sin embargo, el Jefe se levantaba a las 11 y dormía siesta después de almuerzo. Y en la noche todos rendidos, menos él, debíamos oír sus largas charlas inspiradas”.

SUS NEGOCIOS

El edificio amarillo del Colegio Cahuala domina Castro desde una loma. Geraldine Mackinnon, titulada de pedagogía en la Católica el 2001, postuló y para su sorpresa fue aceptada. La recogió Paola Rocca y la invitó a la comunidad. La presentaron rigurosamente a los miembros.

“Siempre sonreían. Todos respiraban humanidad, pero algo andaba mal. No vestían túnicas ni nada, pero me sorprendió la homogeneidad, como sacados de un molde. Nada se hacía sin orden. Ni sacar una fruta, ni siquiera ir al baño”, cuenta.

De pronto apareció el Jefe. Le extrañó el aire de admiración y respeto en que todos cayeron rápidamente. Nadie interrumpía sus palabras.

Los miraba y ellos hablaban. Y en sus comentarios daban gracias con devoción a la comunidad por permitirles un día más de felicidad y plenitud.

“Cada intervención era un testimonio: el Jefe es los más importante en mi vida, el Jefe es una conexión a lo divino, el Jefe es el camino, y cosas por el estilo. Mientras más encendido mejor. Hasta que finalmente habló Urrutia, después de un largo silencio, y dijo: ‘Solo soy una gota en el mar de lo superior’”.

O de pronto él se levantaba y decía:

“Ya, niños, ahora ¡fiesta! Y todos saltaban como hipnotizados alegres a cantar y hacer rondas. Gente de 40 años. Parecía algo tan forzado... como robots”.

Cuando volvió a Castro sintió temor. No podía describir lo que sentía, pero tomó una decisión. Ahora está en Isla de Pascua.

“Por muy bien pagado que fuera, no podría aceptar un trabajo donde mis colegas parecían hipnotizados por ideales de un jefe que les controlaba las vidas”, dice Geraldine.

El Colegio Cahuala tiene actualmente 600 alumnos y obtuvo el mejor resultado Simce en Chiloé. Hijos de gerentes, profesionales y autoridades locales van ahí. Tiene un importante movimiento scout que es donde Urrutia introduce sus arranques de sabiduría. En el anuario del colegio, sin mención alguna, aparece el Jefe en distintas escenas rodeado de otros miembros de Cahuala.

En Apoquindo tienen la consultora de recursos humanos. Ahí han desarrollado sus habilidades de manejo de grupos y las mismas técnicas scouts que usan en Cahuala con fines comerciales y gran éxito. Los visito. Hablo con ellos. Todo es color de rosas, pero evitan los temas peliagudos. Alejandra Pinto, la Jefa, insiste en que se respete su opción de vida privada y que esa conversación no existe.

Cierran. A las ocho, seis cruzan Apoquindo y disciplinadamente van al departamento de El Bosque, pues cuando están en Santiago no duermen en casas de amigos ni parientes. Nadie vuelve a salir. A las diez y media apagan la luz. Varios días ocurre lo mismo. Los fines de semana largo viajan todos al sur.

Actualmente hay 38 miembros en Cahuala, entre ellos una docena de hijos que han nacido dentro de la comunidad. Algunos que se han salido y dejaron en su interior parejas, hijos y sobrinos, ven con temor cómo se van alejando cada día más de sus vidas. No quieren todavía dar la cara pues tienen temor a que “El Jefe” les impida las visitas o el ya escaso contacto por teléfono. Temen que se ilumine un día y les lave el cerebro también a una segunda generación.

“¿Y cómo alguien educado puede caer en todo esto?”, le pregunto al ex miembro.

“Yo sólo quería ingresar a un grupo scout. Tenía 16 años”.

LND insistió en entrevistar a Enrique Urrutia para este reportaje. Tanto él como sus seguidores se negaron a hablar públicamente sobre la comunidad. LND
Comentarios fuente anónima
La Comunidad Cahuala
La Nación.cl
(16.07.06)


A la sombra de un castaño que había en el Santiago College de
los '80, un grupo scout librepensante, de izquierda, vio en su líder
un aura especial. Lo siguieron. Otros más se unieron. Partieron a
Chiloé a vivir en campamento permanente. Hasta hoy. Dejaron todo,
amigos, pololas, trabajos. Sus hermanos, parientes y conocidos, hoy
influyentes en casi todo el espectro político, relatan la parte
traumática de la historia.
Esto es cierto, excepto lo de ser grupo scout de izquierda. La política nunca fue tema entre los miembros de los grupos scouts pertenecientes a la comunidad Cahuala, la gran mayoría pertenecientes a familias acomodadas sin interés mayor en la contingencia nacional o militancia política. Si hay excepciones, más la pertenencia a uno u otro partido nunca fue algo relevante ni que se comentara pública o privadamente.
La Nación
Roberto Farías


En cierta órbita de miembros del "red set" criollo, que hoy bordean
los 40 años y han ocupado cargos importantes en los gobiernos de la
Concertación, directivos de medios y empresas, todavía les cae un
yunque sobre la mesa cuando se les menciona el tema de "La
Comunidad" de Chiloé. Entienden de inmediato que no se trata del
sinónimo de pueblo y habitantes de la X Región, sino de la Comunidad
Cahuala, un hermético grupo que hoy lo componen 38 personas y que en
1987, cuando eran aún más, se fueron a vivir a un predio en la
ribera del lago Huillinco, al suroeste de Castro, lejos de todo y de
todos, en una comunidad cerrada, en torno a un líder carismático:
Enrique Urrutia Aburto, "El Jefe".


Casi nadie quiere hablar en on. Una ex subsecretaria tiene ahí
todavía una hermana a la que ve de tarde en tarde, pero con la que
no logra comunicarse plenamente. Un ex superintendente dejó ahí una
ex pareja. Un consultor de Gobierno, a dos hijos que sólo puede
visitar en una casa de huéspedes, unas cuantas veces al año. Los
ancianos padres todavía no entienden el profundo cambio de sus hijos
hoy cuarentones. Han aprendido a soportarlo para no perderlos
totalmente. Un ex ministro concertacionista sabe, por los seis años
de terapia de su pareja, lo difícil que fue alejar el tema de su
mente.


Si algo se conoce de lo que hoy en día ocurre ahí es sólo de oídas.
La Comunidad Cahuala no ha crecido en número. Al menos, una docena
de miembros la ha abandonado y la mayoría de las parejas
fundacionales se ha separado. Aunque son muy pocos los que han
podido acceder a los terrenos de Cahuala, salvo a una casa de
visitas, ellos paulatinamente se han abierto al mundo a través de
los negocios: un quiosco en Castro, y sobre todo el primer colegio
particular de Chiloé, el Cahuala, destinado casi exclusivamente a
los hijos de profesionales de clase alta de la isla; y ahora último,
la consultora Cahuala, ubicada en la capital en pleno Apoquindo.
Ambas entidades con gran éxito.


Pero por muy bueno que todo esto parezca, los testigos, los que ven
a sus familiares en la otra orilla del lago sicológico, no dejan de
esbozar un rictus incómodo cuando alguien les revive la historia,
como si abrieran un viejo trauma.


¿Treinta jóvenes parten a vivir a Chiloé con su profesor de
filosofía? ¿Una secta? ¿Una versión new age de Colonia Dignidad?
Nadie entendía. Con neumáticos ardiendo en las noches de apagón del
año 87, fue un tema que obviamente pasó desapercibido, especialmente
en la clase alta, acostumbrada a guardar con celo bajo la alfombra
sus problemas familiares. También era peligroso hacer alarma pública
y echarles la seguridad del Gobierno militar encima. Aunque al menos
los padres de una pareja lo intentaron.




ROSAS Y ESPINAS


Los viajeros eran una camada de los mejores. Dirigentes
estudiantiles, líderes scouts la mayoría, voluntarios sociales.
Todos en sus respectivos ámbitos eran promesas, librepensantes,
algunos de izquierda declarados; alumnos top de los mejores liceos
de Santiago. El San Gabriel, Lincoln, San Juan, Manquehue, y
principalmente del Santiago College. Aún hoy mencionar el tema en
ese colegio saca ronchas de la dirección.
La comunidad Cahuala nace como una prolongación natural de lo que originalmente fue la comunidad Las Rosas, entidad que reunía a los jefes de los grupos scouts de 4 colegios de Santiago, todos fundados por Enrique Urrutia: Santiago College, Lincoln International Academy, Compañía de María Seminario y San Gabriel.
Cada año este grupo realizaba una convención de jefes, en la que se reelegía a quien sería la cabeza de los cuatro grupos durante el resto del año y se distribuían los cargos para trabajar en los grupos. Este trabajo siempre fue voluntario y no remunerado.
La mayoría de los miembros de este gran equipo de jefes scouts, habían estudiado en otros colegios importantes de Santiago: Padres Franceses/Sagrados Corazones de Manquehue, San Juan Evangelista, Instituto Nacional y Santiago College.
Eran incluso los "final humans", un reconocimiento que entregaban
los colegios a sus mejores egresados.
El premio al que hacen alusión es el "Finer Mankind Award", reconocimiento entregado por el Santiago College a los graduados que mejor representaban sus valores. Ninguna de las personas mencionadas en esta nota recibió dicho premio. Quien sí lo hizo ya no es parte de dicha comunidad.
En el College, que soñaba con
que sus alumnos influyeran en la sociedad, sienten que les robaron
una generación completa: Rafael Molina, Carlos Manríquez, Margarita
Serrano, Krugger, Pinto, entre los nombrables.
Rafael Molina es ex-alumno de los Padres Franceses, Hugo Krüger estudió en el Instituto Nacional y Margarita Serrano nunca fue miembro de la comunidad. Carlos Manríquez y Alejandra Pinto sí estudiaron en el Santiago College, aunque en dicho establecimiento nunca apoyaron sus actividades relacionadas con el escultismo.
De 40 años, separado y vuelto a casar, por entonces con dos hijos,
Enrique Urrutia, "El Jefe", en los años 70 era un conocido profesor
de filosofía en los colegios católicos de Santiago Oriente. También
un fanático del scoutismo, en el que había logrado puestos
directivos en las agrupaciones de Providencia.


Urrutia venía de San Bernardo, de una familia de clase media y muy
al amparo de los grupos católicos. Y luego de estudiar filosofía
había logrado ingresar al Colegio San José y al Manquehue, donde, en
sus horas libres, formó dos movimientos scouts de orientación
católica.


En el grupo de ex profesores del Manquehue, incluso recuerdan que en
esos años, mientras las parejas salían de vacaciones, Urrutia era el
encargado de quedarse con los niños en una especie de campamento
permanente de verano.


Sin embargo, se alejó de ambos lugares, al parecer, por problemas
con apoderados por la peculiar forma que tenía de organizar a los
grupos juveniles. Eran los años de Silo. Y en ese fervor, Urrutia
estuvo cerca del grupo Arica de Óscar Ichazo, otro peculiar líder
filosófico. Luego, vino el golpe militar.


En 1977, el Santiago College, uno de los tradicionales liceos para
señoritas de Santiago, admitió por primeras vez hombres en sus
aulas. La experiencia mixta planteaba dificultades de integración, y
para mejorar el ambiente, Antonio Quinteros, el principal de aquella
época, llamó al profesor Urrutia para que creara un grupo de boy
scouts.


EL CARISMÁTICO


Gerardo González, ahora director panamericano del Movimiento Scout y
amigo de Urrutia, dice que éste tenía pasta de genio: "Creía que el
scoutismo podía ser una forma de vida y de educación. Y en parte
tenía razón. Sólo que cada vez más empezó a imprimir su propio sello
dentro del grupo".


"Era carismático, convincente, atractivo. De un gran humanismo y un
profundo catolicismo –pero desapegado del dogma–, pero yo veía como
poco a poco los cabros cercanos a él iban copiando su estilo, hasta
sus palabras... y le obedecían ciegamente".


Durante siete años, Urrutia formó con los jóvenes un grupo de amigos
muy estrecho. Captó sólo los líderes. Del San Gabriel, del
Manquehue, y obviamente del Santiago College, donde trabajaba.
---------------------
El colegio San Gabriel se incorporó mucho después a la comunidad.


"Los cabros iban a su casa cuando querían, era en parte asesor,
consejero espiritual y un paraguas de lo que pasaba en el país
entonces", dice la madre de una participante. "Habían ingresado a
los inocentes boy scouts, pero de la mano de Urrutia abrían su
mente: discutían la sociedad, pensaban, debatían. Era bueno. Pero de
pronto ver a tu hija tomada de las manos en torno a un cirio en el
living de la casa era escalofriante".


La mujer de entonces de Urrutia, Margarita O., su hijo de una pareja
anterior y su pequeña hija, tenían una excelente disposición. Para
todos ella era la jefa, una rubia platinada, y él, "El jefe".
Este es un detalle pequeño, pero no menor. En esa época Enrique Urrutia era simplemente "Enrique". La costumbre y obligación de llamarlo "Jefe" aparecería varios años después.
"Los campamentos que organizaba Enrique con su grupo más cercano
fueron pasando del totemismo (aquellos ritos del tótem de los
scouts) derechamente a los ritos de iniciación que él tomaba de
todas las doctrinas filosóficas: bahai, budismo, misticismo. Todo
mezclado y aplicado al autoconocimiento" recuerda Ricardo Melo, un
scout dedicado hoy al ecoturismo. En largas charlas en torno a
velas, con pétalos de rosas, se quebraban, lloraban, exponían sus
más íntimos dolores y volvían como purificados. Superiores.

Los mayores del grupo, que habían empezado la universidad, Julio
Santa María, Rafael Molina, Carlos Manríquez, entre ellos, se fueron
a vivir solos a una casa de Ernesto Pinto Lagarrigue llamada Las
Rosas.
La casa de Ernesto Pinto Lagarrigue, en 1985, es el primer lugar físico en el que se instala la comunidad. Era el lugar natural de encuentro para reuniones y actividades de planificación del trabajo en los grupos scouts y de los trabajos de crecimiento personal en que participaban todos los equipos de trabajo. También era centro de esparcimiento y sana diversión. Contrario a lo que muchos se imaginan, este grupo no consumía alcohol ni drogas, puesto que era mucho más valorado tener una vida sana y libre de vicios.
Los primeros residentes de la casa fueron Rafael Molina, Victor Serrano y Enrique Urrutia. Muy pronto se sumarían Magdalena Serrano, Luz Valenzuela y Julio Santa María. Más tarde llegarían Loreto Ibieta y Adelaida Maass. Todos jóvenes universitarios, a punto de terminar sus respectivas carreras. En 1987 llegaría Alejandra Pinto, quien se convertiría en la pareja del jefe y "la Jefa" de la comunidad. Esta situación ha sido negada reiteradamente tanto por Enrique como por Alejandra, quien nunca ha reconocido fuera de la comunidad este vínculo.
El argumento principal de Enrique para no reconocer a Alejandra como su pareja desde hace 20 años es que la relación que mantiene con ella no respondería a los parámeros de una relación de pareja convencional. Eso es cierto. Sin embargo dentro o fuera de la comunidad cualquiera se da cuenta de que, tenga el nombre que tenga, ellos son la pareja que sostiene toda la estructura comunitaria.
El 1 de enero de 1984, la hija de Urrutia murió de leucemia y todos
los que vieron su proceso en ese tiempo coinciden en que ahí se
terminó de convencer de que era un apóstol. Cinco días después
partieron de campamento. Urrutia estuvo una semana encerrado en su
carpa. En silencio. Y cuando salió estaba iluminado.


"Se separó de su mujer y se fue a vivir a Las Rosas con los cabros
en un colchón. Y el grupo se cerró. Cualquier intento de fuga mental
de los suyos, de duda, lo sancionaba con la indiferencia o la
expulsión".




¡TÚ ERES TU PIEDRA!


Cuando en la Asociación de Scouts supieron de la peculiar forma que
tenía de profesar la actividad lo pusieron en la mira. El propio
Gerardo González tuvo que pedirle a su amigo que se separara de la
agrupación oficial. Desde entonces apenas se han hablado.


"Los cabros de Las Rosas no obedecían a la estructura nacional
scout, sino a su líder espiritual. Tuvimos que sacarlos".


Habían tomado cada uno distintos roles y funciones por misión de
Enrique. Ocupaban cargos directivos, por ejemplo, pero obedecían a
Urrutia. Él quizás usó el scoutismo como un paraguas, como mucha
gente.


Hacían peculiaridades. Una hija dejó de trabajar después de un
campamento, "porque había descubierto en su profundo yo que debía
encontrar su propio camino hacia el arte". Su padre quería que
estudiara medicina. Otro iba a dar su examen de grado y el día antes
recibió la orden de no hacerlo. ¡Y no lo dio!


Pero, curiosamente, cuando la mayoría eran profesionales recién
egresados y se proyectaban a la vida adulta, paulatinamente dejaron
todo: trabajos, organizaciones, familias, amigos, parejas, y
partieron a Chiloé. Uno de los miembros con más dinero había logrado
conseguir un terreno en torno al virgen lago Huillinco, al suroeste
de Castro, donde construirían una comunidad para vivir lejos de la
sociedad pero en torno a Enrique Urrutia Aburto, "El Jefe".
El terreno en Huillinco fue comprado personalmente por Enrique Urrutia para la comunidad. El dinero fue proporcionado por uno de los participantes.
LOS APÓSTOLES


Una ex subsecretaria, un ex superintendente del ámbito financiero,
periodistas directivos de medios, médicos, educadores, dirigentes de
organizaciones sociales vieron como en los '80 sus hermanos, pololas
o amigos fueron cautivados por el grupo y se marcharon.


"Paulatinamente iban perdiendo su propia voluntad", dice una
madre. "No es que actuaran como robots, pero detrás de esa dulzura
que mostraban, tú sabías que estaban en crisis".


M., una ahora influyente periodista que logró resistir a tiempo la
tentación del grupo –en parte, gracias a sus padres y amigos–, fue
al campamento en Chillán previo a la partida a Chiloé: "Cada uno
debía encontrar una piedra que reflejara su yo. Algunos, una piedra
bella. Otros, un peñasco. Semanas identificándose profundamente con
ella. Hasta que llegó el momento sublime, al final del campamento,
de designar un depositario: el guardián. ¡Obviamente, todos
eligieron a Enrique!".


Todos lo que entregaron su piedra, veinteañeros, barbones, chasconas
lilas, inteligentes, mientras Chile caminaba al filo de la
violencia, minutos después emprendieron una caminata hacia una
colina retirada tras Urrutia. Los otros se quedaron abajo.


"Eran como apóstoles siguiendo a Jesús. ¿Qué se dijo ahí? No sé.
Pero un mes después partieron a Chiloé a fundar Cahuala, donde viven
hasta ahora".


Veinte años después, hace poco, M. se topó a boca de jarro en
Providencia con Margarita, la segunda mujer de Enrique Urrutia. Un
estremecimiento recorrió a ambas.


–¿Los dejaste?
–Sí, sí; me costó seis años de terapia.
–A mí diez.
M. dice que no sabe si Margarita hizo o no terapia. Ella sí.
Esto fue otro claro error del periodista.
Esta historia continuará...
Aunque algunos se sorprendan, la estructura comunitaria funcionaba bien y permitía la existencia y funcionamiento de los cuatro grupos scouts y las vidas de cada uno de sus miembros.

En 1987 surgió una segunda casa de la comunidad en la que vivían las parejas casadas y los niños. De este modo, la casa de Ernesto Pinto Lagarrigue pasó a ser la casa de los solteros.

Cada uno de los residentes de la comunidad estudiaba y trabajaba para solventar los gastos comunitarios. Y cada uno entregaba a las arcas comunitarias el 100% de sus ingresos.

Al ser residente de la comunidad, se perdía toda propiedad sobre los bienes personales que cada miembro hubiese tenido al llegar, pues todo quedaba a disposición del grupo completo. Y cuando decimos todo, significa realmente todo (incluso la ropa interior): propiedades, automóviles, bienes muebles, joyas, etc. Nada pertenecía a nadie; todo era de todos. A cambio se recibía techo, comida, dinero para gastos y apoyo para todos los proyectos que estuvieran relacionados con el mega proyecto comunitario.

Por añadidura, todos los proyectos individuales o personales debían postergarse indefinidamente (o simplemente descartarse) si es que el Jefe no daba su aprobación para ejecutarlos. Una de las parejas más antiguas de la comunidad se marginó de ella puesto que no recibieron autorización del Jefe para casarse. Sus amigos-pares dentro de la comunidad ya lo habían hecho, pero ellos no lograban que Enrique Urrutia los avalara. Esta pareja dejó la casa de Ernesto Pinto Lagarrigue y se casó. A diferencia de sus pares comunitarios, formaron una familia y siguen felizmente casados.

Lo que se ha contado hasta el momento no tiene mucho de particular. De lo más bizarro y complejo que hay en esta secta, aún no se publica casi nada.

N.N.
 
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